En la mente de Nadal

EN LA MENTE DE NADAL

Visto en EL PAIS

CréditosRedacción: Juan José Mateo

Fotografía: Fede Sierra

Vídeo: Álvaro de la Rua

Diseño: Ana Fernández      Fernando Hernández

Maquetación: Rubén Gil

Es el competidor definitivo. Un hombre capaz de pasar de las tinieblas de una lesión a la luz de los focos que acompañan al trono del tenis. Rafael Nadal, campeón de 13 títulos de Grand Slam es el tenista que ha domado la tierra, el cemento y la hierba. Antes del comienzo del Abierto de Australia, el número uno del mundo acepta un desafío: explicar qué hay dentro de esa cabeza que domina, quema y asfixia a sus rivales en la pista de tenis y en la mesa de póquer, su nuevo reto.

“En mi cabeza
hay dudas siempre,
ese es mi sentimiento,

Es la chispa de fuego que espanta a los monstruos de la noche. Rafael Nadal, vencedor de 13 títulos de Grand Slam en el tenis, se sienta para celebrar que ha gana­­do su primer torneo de póquer en vivo, el Charity Challenge de Praga, donde este invierno paró el European Poker Tour que patrocina Poker­Stars. Han sido casi cinco horas de partida. Un ejercicio que ha ido examinando paso a paso las mismas virtudes que han hecho del español un caníbal de la raqueta: capacidad de análisis; rapidez en la toma de decisiones; resistencia; agresividad en los momentos clave. El triunfo en esa partida de póquer concentra la esencia del cerebro de Nadal para arrojar una conclusión sorprendente. El competidor feroz siente algo parecido al miedo. En los momentos de máxima tensión, su cabeza se llena de sombras que amenazan con doblegar su voluntad y empujarle al abismo. Entonces, en la noche se enciende un minúsculo punto de luz. Él lo llama “la determinación”. Los psicólogos, “fortaleza mental”. Sus rivales, en la mesa de póquer y en la pista, “instinto asesino”. Las sombras de su cabeza huyen despavoridas. La luz sustituye a la oscuridad. Nadal triunfa.

“En mi cabeza hay dudas siempre, ese es mi sentimiento”, cuenta el número uno del mundo del tenis durante el invierno, que utiliza para preparar el Abierto de Australia, que comienza este lunes. “No soy una persona segura de sí misma en ninguna cosa de la vida. No soy una persona decidida en casi nada. Nunca he presumido de eso. Me cuesta mucho tomar decisiones… pero cuando juego, en los momentos importantes, tengo la determinación de hacer algo”, señala con un gesto que intenta describir su voluntad de ser protagonista activo y no pasivo de esos instantes de tensión. “Mi cabeza, en los momentos de presión, en los momentos importantes, me ha respondido bien la mayoría de las veces. Hablemos claro. Mi cabeza me ha permitido jugar de la manera que yo creía que tenía que jugar. Mi cabeza no me ha impedido hacer lo que yo creía que tenía que hacer: eso es lo que pasa cuando tienes nervios, cuando te supera la situación”.

“Mi cabeza, en los momentos de presión, en los momentos importantes, me ha respondido bien la mayoría de las veces. Hablemos claro. Mi cabeza me ha permitido jugar de la manera que yo creía que tenía que jugar. Mi cabeza no me ha impedido hacer lo que yo creía que tenía que hacer: eso es lo que pasa cuando tienes nervios, cuando te supera la situación”.

Esta era complicada a comienzos de 2013. Nadal llevaba siete meses sin competir y su carrera parecía estar en peligro por una rotura parcial en el ligamento rotuliano y una hoffitis en la rodilla izquierda. A principios de 2014, la temporada para Nadal se presenta prometedora. Tras ganar dos grandes el curso pasado (Roland Garros y el Abierto de EE UU), puede igualar en Melbourne los 14 títulos de Grand Slam del mítico Pete Sampras. Muchas cosas cuentan la historia de ese viaje increíble. Hay una que explica al mismo tiempo por qué Nadal no se despide del deporte profesional durante esos meses lesionado; por qué luego es capaz de jugar con dolor en las articulaciones hasta auparse al número uno; y, finalmente, por qué cierra 2013 imponiéndose sobre el tapete azul de una mesa de Praga a Daniel Negreanu, el número uno del póquer, un tipo extremadamente inteligente, analítico y de lengua afilada, ganador de casi 20 millones de dólares con las cartas. “El autocontrol”.

“Lo que evitas teniendo autocontrol es perder puntos y juegos, dárselos gratis al rival y regalárselos”, cuenta el mallorquín, que durante la partida de Praga no cae en la trampa de las provocaciones amistosas de los contrarios (“Deberías decir ¡vamos!”, bromean con él en la mesa). “Así evitas regalar puntos, juegos… y moral. Cuando pierdes los nervios, el otro te ve mucho más débil. Con el autocontrol dejas de regalar partidos. En el póquer es muy similar: no regalas fichas porque te aburras de que no te vengan cartas buenas y juegues por jugar; o porque te vaya mal en una mano y te quieras tomar la revancha… No. Hay que analizar las cosas de manera global. Hay que tener cabeza fría. Los realmente buenos lo aplican bastante”, añade el español, que donó los 50.000 euros que ganó en Praga a la causa solidaria The Good Hand Project. Y entonces dice: “Yo no veo que Djokovic te regale mucho”.

Novak Djokovic es al tenis lo que un bombardero a la guerra. Un destructor. Un competidor granítico, de gran talento, capacitado para alcanzar la excelencia en los momentos decisivos. Sin embargo, Nole, su gran rival en las pistas, sí que ha tenido fallos incomprensibles contra Nadal. Igual que el exesquiador Alberto Tomba se hunde en un exceso de faroles y malas elecciones en la partida de Praga, el serbio entrega las semifinales de los Juegos de Pekín 2008 ante Nadal con un remate franco que tira fuera de la pista. Igual que el exfutbolista Ronaldo arroja sus cartas frente al español porque inconscientemente desea que acabe esa tortura mental y física (¡casi cinco horas seguidas de póquer!), el de Belgrado pierde un punto clave en las semifinales de Roland Garros de 2013 con un fallo de principiante (toca la red cuando ya celebraba el tanto). Igual que Fátima Moreira de Melo acaba claudicando ante Nadal en la última mano de la partida checa porque decide apurar al máximo, apretar, buscar los límites para desencajar al rocoso mallorquín… Djokovic entrega a Nadal el Abierto de EE UU de 2013 estampando contra la red una derecha (4-5 y 30-30 en la tercera manga: es punto de set) que contra cualquier otro habría pasado sin problemas, porque cualquier otro no le habría llevado hasta su límite. En psicología, eso tiene nombre. Se llama asfixia mental. Dos palabras para definir lo que provoca Nadal en sus contrarios, al tenis o al póquer. Un auténtico colapso emocional.

“Crear presión es una de las estrategias más efectivas en el póquer”, resume Leo Margets, probablemente la mejor jugadora española, una mujer que conoce tan bien las cartas como la raqueta, ya que es familiar de Joan Margets, directivo de la Federación Internacional de Tenis. “Genera frustración en los rivales: si no son mentalmente muy fuertes, acabarán cometiendo un error a raíz del desquicie que les provoca estar bajo presión constante”, sigue. “Tanto el tenis como el póquer requieren de una estrategia. Uno puede tener un estilo de juego determinado, pero tiene que estar preparado para cambiarlo, porque los dos son juegos vivos que evolucionan sobre la marcha, es necesario reevaluar constantemente la situación, y la capacidad de adaptarse al rival es quizá una de las claves del éxito en ambos. Nadal es un luchador, el ejemplo por excelencia de perseverancia y tesón en la pista. Estas cualidades le servirán muchísimo trasladadas al tapete”, subraya la jugadora profesional. “A pesar de que el tenis y el póquer comparten una base técnica indispensable, su dominio no es suficiente por sí solo para destacar. La parte psicológica desempeña un papel clave. El tenis es uno de los deportes en los que el factor psicológico tiene mayor peso. La capacidad de lucha hasta el último punto, aunque parezca que está todo perdido y que no compensa; el no rendirse jamás; el tener ese hambre de ganar… son todas cualidades perfectamente extrapolables para brillar también en el póquer”.

Todo empezó con un mago que podía convocar a la lluvia si se acercaba la derrota, interrumpiendo así el partido para que esta no llegara. Un hechicero capaz de hacer invisible a aquel niño gracias a la complicidad de toda la familia, que hacía como si no le viera. La historia de Rafael Nadal no se entiende sin Toni Nadal, su tío y entrenador.

El hombre que le propuso jugar como zurdo pese a que es diestro. El entrenador que le enseñó los rudimentos básicos de la disciplina y luego le ayudó a refinarlos (en eso siguen hoy día) hasta convertirse en el mejor del mundo. El consejero audaz. El técnico que encontró a un chico “obediente” y esculpió su cabeza hasta convertir aquel diamante en bruto en el mejor músculo de un tenista como no habrá otro.

“Si a un niño le enseñas el drive, también le puedes enseñar la voluntad. La voluntad se educa”, cuenta Toni una mañana de invierno en el mismo club de Manacor (Mallorca) en el que empezó a entrenar a su sobrino, del que acaba de despedirse tras una intensa sesión de ejercicios en la que Nadal suda tanto como para que le rodee un aura hecha de vaho, el testimonio del contacto del aire frío contra su piel caliente.

“¿Por qué la gente reacciona en las guerras de una manera determinada? Porque no le queda más remedio. Si tú vives de una manera desahogada, sin preocupaciones ni demasiado esfuerzo, es más difícil educar. Yo no empleo técnicas estrafalarias. ¿Por qué el conejo es tan hábil en el campo? Porque tiene que sortear las piedras, a posibles cazadores, y coge habilidad. Es lo mismo: si el niño es el centro de atención, si cuando tiene un pequeño problema se lo solucionas… tienes una realidad diferente”, desgrana los ejemplos el entrenador.

“Por una parte está el carácter de Rafael, que es dado a la obediencia, la disciplina y el dejarse guiar. Cuando él era pequeño, no tuvo más remedio que escucharme. Lo mismo que hay pocos empleados que digan barbaridades a sus jefes, creo que hay pocos entrenadores que se las digan a sus jugadores. Quien te paga es quien tiene la sartén por el mango. Yo tengo la suerte de que en nuestro caso no sea así”, cierra Toni, que no cobra de su sobrino.

“Eso se trabaja desde pequeño, todo es trabajable y entrenable… pero partamos de la base de que uno tiene que tener un talento con el que ha nacido, unas virtudes mentales innatas, porque tu mente tiene que estar preparada para poder entrenar todas esas cosas”, coincide el campeón de 13 grandes. “Tu cabeza tiene que estar preparada para obedecer. Preparada para que cuando te digan que no tires la raqueta, no la tires. Preparada para que cuando te dicen que si fallas no gesticules, pues no gesticules. Esto es un talento innato. Talento de saber obedecer, de tener la suficiente humildad para escuchar a las personas que te están guiando. Según cumples años, depende de la capacidad intelectual de cada uno. Con 6 años no eres muy inteligente. Con 26 tienes que serlo como para saber que el que te guía desde fuera no te intenta perjudicar, sino ayudar, apretarte para ayudarte. Hay que tener la inteligencia para entender eso, aunque no te guste lo que oyes, y obedecer”.

Nadal tiene siempre los oídos abiertos. Quiere mejorar. Para él, los límites son como el trapo rojo ante el toro: una espuela en el ánimo, algo abordable. Una motivación. El campeón escucha a Toni en la pista. Sobre la mesa de póquer, y salvando las distancias que implican una relación de años y de raíces profundísimas, su consejero es otro: Alfonso Cardalda.

“La capacidad mental de Rafa me sorprendió desde un principio, tiene una memoria magistral, puede recordar situaciones o manos que ha jugado hace meses, y esto hace que cuando se sienta en una mesa de póquer pueda analizar determinadas jugadas basándose en situaciones pasadas”, dice este profesional de las cartas, que durante el torneo de Praga, ajeno al constante trasiego de camareros con bebidas para los participantes, observa las decisiones de su pupilo con gesto cómplice, viviendo sus aciertos y sus fallos como si fueran suyos. “Esto le ayuda muchísimo a la hora de asumir riesgos o jugar más conservador… Sin duda, su mente es una base de datos prodigiosa. Cuando juegas un torneo de póquer muchas veces el desgaste mental te puede jugar una mala pasada. Tienes que estar varias horas concentrado en tu juego y en el de tus adversarios. Rafa tiene muy bien entrenada su mente debido a la competición de alto nivel, eso hace que esté un paso por delante de muchos de sus rivales, que con el transcurso de las horas pierden la concentración y cometen errores”.

quel peloteo de 2005 con 30-15 en el primer juego del segundo set. Esa Ana Kournikova (combinación de as y rey) con la que perdió una partida. El revés cortado que se le fue por un milímetro en la final de Indian Wells de 2011 contra Djokovic. La cabeza de Nadal es un registro ordenado de todas las acciones deportivas que le tienen como protagonista. “Tengo capacidad para memorizar todo lo que me importa”. “He conseguido entender que el póquer es un juego en el que tienes el control, en el que entra en juego la estrategia, el conocimiento del rival. Memorizo, se me queda grabado, porque me importa mucho”, dice. Esa capacidad para recordar, procesar y reaccionar en centésimas de segundo y en función de situaciones pasadas es mucho más que una característica de su personalidad. Es una herramienta que le ha permitido superar a Roger Federer, para muchos el mejor tenista de la historia (el español domina 22-10 en el cara a cara). Una palanca que le ha permitido invertir la tendencia de sus enfrentamientos contra Djokovic, que le llegó a ganar siete finales seguidas desde 2011 (el mallorquín manda 22-17). Un instrumento que explica sus grandes victorias, en público (los torneos) y en privado (frente a las lesiones y el dolor).

“Lo que mejor caracteriza a Nadal es el concepto de dureza mental desarrollado en los años setenta y posteriores por los investigadores Kobasa, Maddi y su equipo en la Universidad de Chicago”, explica José María Buceta, psicólogo deportivo. “Es un patrón de personalidad que caracteriza a muchas personas que rinden a alto nivel en situaciones de estrés. Tiene tres componentes: compromiso (el que la persona asume para involucrarse al máximo en lo que tiene que hacer, sin evitarlo o limitarse simplemente a cumplir), reto (asume la situación estresante como un reto que le proporciona oportunidades, en lugar de una amenaza) y control (percibe que controla la situación al centrarse en lo que depende de ella, en las fortalezas que tiene para rendir, en sus experiencias pasadas de éxito)”, describe Buceta, con experiencia como responsable del área de psicología de la escuela nacional de la Federación de Fútbol y del Real Madrid. “La fuerza mental de Nadal puede observarse en cada uno de estos tres componentes. Lo ha demostrado siempre, pero especialmente en el último año. Se compromete con el objetivo de volver a ser el mejor. Asume su regreso tras la lesión como un reto. Se centra en sus fortalezas para percibir control”.

ontrol. Otro término clave en la carrera de Nadal. El español no llega al extremo de Björn Borg, un competidor tan inexpresivo, tan preocupado por lo que transmitía a sus contrarios, que le apodaron El hombre de hielo. No. A Nadal es muy fácil verle celebrar un punto, cerrar el puño, gritar un “¡Vamos!” como un rugido.

El mallorquín, en cualquier caso, sabe de la importancia de los gestos en los momentos en los que peor le va la partida o el partido. En Praga, Negreanu intenta confundirle dándole un consejo que no lleva acompañada la explicación técnica que precisa (“El check era tu mejor opción”), y solo se encuentra como respuesta con una sonrisa de Nadal: ya se sabe que los gestos en el póquer pueden dar información decisiva, y que por eso abundan los jugadores con gafas de sol, gorro, auriculares… En el tenis es difícil ver a Nadal lamentarse. Aplica en los dos lugares el ejemplo de Tiger Woods, el mejor golfista de todos los tiempos, que afronta los tiros decisivos con una mirada en consonancia con su apodo. La mirada del tigre. “Esto es muy complicado”, resume Nadal. “Lo realmente importante no es cómo me veo yo a mí mismo, sino cómo me ven los demás desde fuera, lo que perciben, lo que transmito”, cuenta sobre sus contrarios. “La mirada de Tiger es de convencimiento y decisión. En el tenis y en el póquer, si pierdo, quiero perder haciendo las cosas en la línea que me han enseñado. Sin hacer magia potagia”.

“Hay que saber controlar bien las emociones”, coincide el exfutbolista Ronaldo, que en Praga comparte partida con Nadal y pronto acaba devorado por la presión de un encuentro en el que ninguno de los participantes quiere ser el primero en sacar bandera blanca, rendirse y marcharse. “Igual por dentro tengo una descarga de adrenalina muy grande, pero mantengo la misma cara y los mismos movimientos frente a los otros”, prosigue el brasileño.

“No es fácil. En el césped, yo era directo, explosivo. Aquí lo tengo que ser menos. Este es un juego de mente. Hay que estudiarlo. Yo estudio. Un amigo me ha regalado libros y hay mil cosas que aprender: la posición de la mesa, cuándo atacar, cuándo no. Es un mundo lleno de posibilidades”, añade. “El póquer tenía la imagen de gente que se reunía a beber, fumar, jugar y conspirar. Esa imagen antigua se quedó muy atrás, vieja. Hoy eso ha cambiado. Este es un deporte de mente”. Eso pone el acento justo en uno de los puntos fuertes de Nadal, el titán que volvió de una y mil lesiones; el devorador de campeones; el tenista de gran habilidad técnica que ha hecho un hábito de ganar en la tierra, el cemento y la hierba, sin que le importaran todos los tabúes y complejos que siempre rodearon a los tenistas españoles. Eso le viene como anillo al dedo a un amante de la competición, que no sabe jugar por jugar, el contendiente definitivo, de los pocos capaces de pelear hasta la última bola de partido. Como dijo Boris Becker, campeón de seis grandes, nuevo entrenador de Novak Djokovic y un amante de las cartas: “Tenis y póquer se parecen en las siguientes cosas. La primera mano no es la importante; la importante es la última. Las partidas son muy largas. Necesitas mucha resistencia mental, y algo física. Un traje a la medida de Nadal.”

Rafa Nadal

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